Por un simple retrato

Peripecias en la azotea

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En la paleta de colores de mi vida, mis primeros años se miden tan solo en la escala de los grises. En los días normales, flotaba en el ambiente un polvillo ceniciento que se posaba en todo: en el pupitre, en la silla, en las sábanas de la cama, en los zapatos. Los días realmente malos, quedaban anegados por un tinte sombrío que me hacía pensar en la monotonía de la normalidad como en una bendición. Los días buenos, amanecían vestidos con un barniz mate, que si bien no transformaba mi mundo en un lugar alegre, al menos me permitía intuir que existía una realidad más viva que la que yo desgranaba en el solitario escenario de una existencia plomiza. Habrá quien opine que, al fin y al cabo, no es raro que percibiera las cosas desde un prisma tan poco esperanzador, habiendo crecido como lo hice en un orfanato…

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